Westworld: mi favorita en 2016.

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Hace unos días que disfruté la primera temporada de la serie de HBO “Westworld”, realizada con la buena factura propia de la casa, escrita por Jonathan Nolan, producida por J.J. Abrams, protagonizada por buenos y conocidos actores y que además nos trae una interesante historia de ciencia ficción que consigue que más de uno se plantee el hecho de que, en un futuro no muy lejano, una máquina podría llegar a adquirir conciencia por sí misma.

La idea no es nueva. De hecho la serie está basada en la película del mismo nombre (en su traducción al español, “Almas de Metal”) que en 1973 realizó Michael Crichton (sí, el de “Parque Jurásico”), que a su vez estaba basada en su propio libro. Y es que se ha escrito mucho sobre las posibilidades de la inteligencia artificial y también se ha rodado mucho tanto para cine como para televisión: los replicantes de “Blade Runner”, el ordenador HAL de “2001:una Odisea del Espacio”, el pequeño David de “Inteligencia Artificial”, la pequeña española “EVA”, los 7 cylons humanoides de “Battlestar Galactica”… todos ellos máquinas con alma que han llevado el peso de sus respectivas historias.

La idea de la máquina con alma a mí me impacta bastante desde el punto de vista de la razón, pero también desde la fe. Cuanto más conozco del cuerpo humano, más lo entiendo como una máquina compuesta de materia viva, movida por química e impulsos eléctricos, cuyo fin es asegurar su propia existencia.

Cuando en ocasiones me pongo existencial a consecuencia de las dudas que me asaltan con respecto al por qué de mi mortal existencia, acudo a los psicotrópicos, a la botella de Anís del Mono, y ya puesto, también a la fe, siempre obteniendo la misma simplona respuesta. La misma simplona respuesta que desde el comienzo de los tiempos, cultura tras cultura, ha logrado aplacar las dudas referentes a su existencia de otra mucha gente: nos ha creado un ser superior. Ya sea Dios, una sociedad alienígena avanzada que nos cría como ganado o simplemente que vivimos en “Matrix” (nene, ¿qué te has fumado?) y que no somos más que meros programas.

Aunque una plausible respuesta pudiera ser que el Universo en sí es consecuencia del libre albedrío y que no hay nada más detrás del misterio de la vida, los mortales preferimos creer en ese argumento mágico por nuestra autoafirmación, por no estar continuamente en la inseguridad. Por ello, ante toda idea impregnada de cierto misterio, el ser humano tiende a relacionarla con entes de inteligencia infinitamente superior a la nuestra. Desde la creación de la vida en La Tierra, pasando por la construcción de las pirámides, la finalidad de las pistas de Nazca, las piedras de Stonehenge, y acabando con la melena al viento de Trump o la “Salchipapa” de Letizia Sabater.

En “Westworld” contamos con creadores y creados. Se nos enseña cómo los creadores programan recuerdos de vivencias no vividas a los creados para que estos tengan las respuestas necesarias para acallar los vacíos de su propia existencia, para poder atender sus porqués respecto a la vida. Sufrimos con los creados ante cada reinicio del eterno bucle en el que viven cada día, abriendo los ojos por la mañana en su cama y cerrándolos en cualquier otra parte atónitos al sentir el desagradable desgarro de una bala rompiendo su cuerpo. Y expectantes durante toda la trama, asistimos al despertar de la conciencia en los creados, sabedores de que son creaciones de otros seres, aunque acaso ¿más inteligentes?

En definitiva, vemos como un tema recurrente de la Ciencia Ficción se nos presenta en un formato visual sumamente cuidado y con un relato que, además de enganchar al telespectador, trasciende a temas meramente metafísicos, sobretodo porque si bien hoy puede sonarnos a fantasía y entretenimiento, tal vez dentro de 50 años pueda sonarnos a realidad, y además de ver robots como elementos de cotidianidad, incluso sea posible que una inteligencia artificial replique nuestros pensamientos, nuestra alma, para el resto de la eternidad (sí, incluso la de Letizia Sabater).

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