Sr. Lobo, tengo un problema.

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Un buen día Vincent y Jules tuvieron un problema de trabajo. Su jefe pulsó el botón rojo de alarma y de inmediato tuvieron que acudir raudos a cumplir un recado. Confiados en su habitual proceder, tras una calmada actuación de Vicent y después de un brillante speech de Jules, una vez dentro del coche en el que viajaban, sin comerlo ni beberlo, todo se les fue de madre: a Vincent se le disparó su pipa sin querer y la cabeza del capullo que iba sentado en la parte trasera del coche reventó, llenándolo todo de sangre y sesos.

Así que claro, la jornada de trabajo se les complicó ante tal marrón. Era el momento de tirar de contactos y, tras hacer uso del Linkedin de los matones a sueldo, Jules decició acudir a casa de su amigo Jimmie. Pero este amigo ni trabajaba en el sector, ni contaba con las competencias y habilidades necesarias para ventilar fulanos, por los que no les pudo servir de gran ayuda. Finalmente, viéndose incapaces para salir del atolladero, Vincent y Jules se vieron forzados por la situación y, agachando la cabeza, haciendo de tripas corazón, decidieron importunar a su jefe telefónicamente para que les resolviese tan funesta papeleta. Y el jefe les ayudó: mandó al Sr. Lobo.

Te acuerdas de él (aunque no tenga ni género, ni edad). De hecho lo conoces. El Sr. Lobo es esa persona a la que has tenido que recurrir en alguna ocasión para que te echara la mano con un marrón de última hora salido directamente de lo más profundo del infierno. Es el comodín del público, la bala en la recámara, el último recurso que gastar antes de enfrentarte a un incómodo desenlace. Es todo un profesional en encauzar vías abocadas hacia el desastre más grande jamás contado. Pragmático y a la par creativo, nunca pierde los nervios (o al menos aparenta no perderlos) y te tranquiliza conforme contemplas su hacer, siempre resolutivo.

En mi caso, cuando alguna vez ha llegado el momento de aguas bravas, he tenido la suerte de conocer a señores y señoras Lobo que han llevado mi barco a buen puerto. Pero lo mejor de todo es que no he tenido que tirar de agenda o demandar una ayuda especializada. A mi alrededor siempre han habido muchos señores y señoras lobo, personas buenas dispuestas a remangarse, a entrar en faena y a sacar para adelante cualquier situación por complicada que fuera. Y seguro que a tu alrededor también los hay.

Porque hay muchos señores y señoras Lobo a nuestro alrededor. Buenos lobos y  lobas. Muchos más de los que te imaginas. Hay mucha gente que sin esperar nada a cambio te va a dedicar un tiempo de su vida. Por cada estirado perdonavidas con el que puedas encontrarte (incapaces de mirarte y  no digamos de hablarte), hay cientos de estupendas personas que incluso sin conocerte te ofrecerán su mano cuando lo necesites, tranquilizándote, sonriéndote, ofreciéndote una perspectiva mejor.

Decía Hobbes aquello de que “el hombre es un lobo para el hombre”. Si bien él hacía referencia al egoísmo propio del ser humano (que lo tiene), yo le quito la connotación negativa a la frase. El lobo es bueno con el hombre. Uno se siente mejor al contar con lobos buenos pululando por su vida.

Y que quede clara una cosa. No hay que abusar de ellos (no sea que se cansen de salvarte el culo una y otra vez). Pues como todo en la vida, recurrir a un Sr. Lobo siempre tiene una contraprestación: si quieres que te ayuden hay que estar dispuesto a ayudar. “Quid pro quo, Clarice” (pero eso ya es otra película).

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