La de gracia que me ha hecho siempre la gente de la política, sobre todo de un tiempo a esta parte, cuando esa llamada clase política ha dado el sorpaso a aquellos frikis de antaño que cada noche se asomaban a las Crónicas Marcianas de Sardá para entretener a la audiencia. Ahora las cadenas de televisión se nutren de los seres de luz de la política para mantener enganchada a sus audiencias en una especie de «todo a la vez y en todas partes» sin fin. Aunque no estamos ante una realidad alternativa: lo que vemos es real.
Lo siento un poco por aquellas buenas personas que creen en lo que hacen, que tienen vocación de servicio y que saben hacer las cosas bien (que las hay), pero cada día asistimos atónitos y cariacontecidos ante noticias con nuevos escándalos protagonizados por personas arribistas, con ansias de lucro, con tragaderas y con carné de partido, que a base de poco esfuerzo y mucho encanto han llegado a las posiciones más altas para así poder disponer del dinero de los ciudadanos espuriamente, dirigir las vidas de sus conciudadanos hacia un destino incierto y hundir la credibilidad del sistema de forma exponencial. Lo que prima es prosperar.
Oye, y que importancia que se dan. Qué progresistas unos. Qué de derechas otros. Qué llenos de ideales todos. Y cómo les gustan que les doren la píldora, al Ilustrísimo Señor Alcalde de Villacabra del gordo don Fulano Lanas, al Ilustrísimo señor don Mengano Peláez presidente de la Diputación Provincial de Ahí-al-lado, a la Excelentísima Señora Presidenta de la Comunidad Autónoma de Más-Arriba, bla, bla, bla… He estado en conferencias de 2 horas en las que 45 minutos se han dedicado a títulos, parabienes y peloteos.
Y por desgracia el culto al político, los parabienes y los peloteos forman parte de la vida en España, un país donde hay dos formas de hacer negocios. Una que consiste en innovar, trabajar, buscar la productividad y crecer por méritos propios y otra que consiste en arrimarse al poder, financiar tal proyecto público, invitar al político a eventos de postín para que se sienta verdaderamente importante y untar, untar pero bien, con manteca de la buena.
Siempre se ha dicho que si quieres conocer la historia de España durante el siglo XX, lo mejor que puedes hacer es ver las películas de Berlanga. Cada una de sus películas retrata una imagen de España que aún perdura en la idiosincrasia de la sociedad actual en cierto modo (lo del mismo perro pero con distinto collar, que se dice): la escasez de vivienda, las dificultades económicas, el desengaño colectivo, la credulidad ciega, la burocracia, la jerarquía absurda, las apariencias, la hipocresía de las clases altas…
Pero ante el caso que me ocupa ahora, me quedo con «La escopeta nacional» y con su protagonista, Jaume Canivell, un fabricante catalán de tecnología de última generación (porteros automáticos), que avanzado el año 1972 quiere hacer negocio con su producto vendiéndolo a promotores de nuevas urbanizaciones. Para ello, haciendo caso a su asesor, apuesta por el networking de la época: una cacería.
Así que el bueno de Jaume es animado a pagar a escote una cacería de perdices en la finca de un marqués, con más nombre que fortuna, para así contactar con la élite del momento, ministros y personas con influencia en el gobierno. Y claro, para poder vender su producto como tiene pensado, pues tiene que pasar por donde estas buenas gentes le indican. Además de pasar por un sin fin de situaciones absurdas que le llevan a preguntarse que qué hace ahí.
Y es que al pobre Jaume la cosa no le sale bien. Porque pese a pagar de su bolsillo esa cacería para disfrute de la flor y nata del momento, nadie le hace caso. Y conforme transcurre la historia entre un marqués tacaño que colecciona vello púbico de famosas, el hijo del marqués que está más salido que un «pico-esquina», un ministro que solo pone atención a sus amantes y un cura franquista de credo exacerbado, el protagonista se va dando cuenta de lo que le está costando la broma y de dónde se ha metido.
¿A que te suena la historia? Porque parece que desde 1972 hasta el día de hoy la cosa no ha cambiado mucho. En tele, radio o prensa vemos las noticias de los últimos meses y continuamente nos encontramos con otros Jaumes, que han pagado de diversas formas a políticos y funcionarios para cantar bingo (subvenciones imposibles, ayudas inverosímiles y concursos con claro ganador).
Claro que el Jaume Canivell de la película de Berlanga es un personaje ingenuo y victima del sistema, no le quedaba otra. Los Jaumes de 2026 delinquen a sabiendas de que lo están haciendo mal, conocedores de que hay políticos a los que les encantan bañarse en un mar de importancia y posibilidades, de que más pena llega a tener el corrompido que el corruptor, y de que en el peor de los casos, si la cosa llega a cárcel, pronto saldrá de ella.
En definitiva, sé bueno, rodéate de gente mejor que tu, desconecta un poquito de las noticias, y, si te quieres pegar unas buenas risas, siempre te quedará Berlanga y sus magníficos personajes.


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