Fargo la serie: como la vida misma.

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Prejuicios y prejuicios. Siempre los malditos prejuicios. Porque uno es muy listo y lo sabe todo. Porque es muy fácil criticar cualquier cosa. Incluso sin conocer directamente lo que se critica. Primero hablas y después miras. Ala, a tirarse al pozo.

Corría el 2013 cuando me enteré que se estaba trabajando en una serie basada en la película Fargo (1996) de los hermanos Joel y Ethan Coen, y tirando de los dichosos prejuicios lo primero que me vino a la mente fue “¿realmente es necesario hacerla?”. Lo segundo fue un sarcástico “qué original”. Y lo tercero quedó en “¿la peli da como para hacer una serie?… “.

Ganas, lo que se dice ganas por ver la serie, no tenía muchas. Pero bueno, siempre me gustó el cine de los Cohen y me veía obligado a verla. Así que un buen y desocupado día de verano de 2014 me puse a ver el primer episodio. Cuando terminó, tras un martillazo del protagonista y un resoplido mío, tenía que ver el segundo. Y antes de acabar la semana ya me ví la primera temporada. Y qué equivocado estaba yo con esta serie: sí, la película da para hacer una serie de calidad y ¡muchas más temporadas!

De hecho, hasta la fecha ya van tres temporadas. Y cada cual más buena.

El creador de la serie es Noah Hawley (quédate con su nombre) y a él corresponde el éxito de la serie. Ha desarrollado unos sólidos guiones, con historias que te dejan reflexionando acerca de lo visto y con personajes que están llenos de cotidianidad. Y lo ha hecho bien. Sin prisa. Madurando cada temporada. Evitando ser preso del éxito. De hecho, de una temporada a otra se ha tardado más de un año y medio en estrenarse, porque la serie debía cumplir con sus estándares de calidad. Lo bueno se trabaja. Se trabaja mucho.

Del feo y provinciano ambiente de la película ha extraido una atmósfera cargada de marrones, grises y mucha, pero mucha nieve, cuyo blanco se ve roto en ocasiones por el rojo de la sangre. Tomando como escenario a los pequeños pueblos del medio rural de Minnesota y Dakota del Norte, donde cualquiera pensaría que nunca pasa nada, ha dado interés a historias de gentes con vidas sencillas a las que en un momento todo se les complica.

En la serie tenemos a tontos que se empoderan. Simples que se creen capaces de triunfar con ayuda de la maldad y el egoismo, pues qué coño, se merecen lo mejor. Infelices que se acaban estrellando en su intento de ser quien nunca fueron.

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Tenemos malos, con carné de malos, a los que se les coje cariño: un asesino a sueldo con su propio código ético, un nativo norteamericano miembro de un clan mafioso y un experto en el blanqueo de capitales violento y bulímico al que da mucho asco verlo comer.

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Y también tenemos buenos que llevan el peso de la historia y a los que, por cierto, se les pone todo cuesta arriba. Gente sencilla, íntegra y con valores, que a base de humildad, constancia e inteligencia lograrán llegar a buen puerto.

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¿Acaso no es como la vida misma? Pues no. Ni todo el mundo es tan malo, ni todo el mundo es tan bueno. Pero en cualquier caso, te invito a ver la serie. Pasarás muy buenos ratos y te ayudara a desconectar de tanta tontería que hay por el mundo.

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“Una historia real. Por respeto a los vivos se han cambiado los nombres de los protagonistas; por respeto a los muertos se ha contado todo tal y como ocurrió”.

 

 

 

 

 

¿Quién eres Don Draper?

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Pues ante todo un genial personaje de televisión. Un icono televisivo de los últimos años. Desde que se fuera Cary Grant de las pantallas, no había visto a un personaje con tanta elegancia y clase ante una cámara. Ya vaya ataviado con un buen traje o con un ajustado bañador sesentero, ya esté fumando un Lucky Strike o bebiendo un copazo de whisky, ya acuda al trabajo en tren de cercanías o conduciendo un cochazo, Don Draper parece sacado de una revista de moda. Un hombre de los de pelo en pecho, que más tiene que ver con nuestros abuelos, que con nuestros jóvenes metrosexuales depilados hasta el ojal.

Claro que, para ser ese gran personaje, Don Draper cuenta con la afinada maquinaria de toda una buena producción televisiva: “MAD MEN“. Qué gran serie. Qué buenos personajes secundarios (mis favoritos son la tenaz Peggy Olson y el siempre divertido y ácido Roger Sterling). Qué trabajados guiones (mira que me reí con el episodio del tractor John Deere). Y qué lujosa estética sesentera, tan sumamente cuidada, que embellece a la serie plano tras plano (toda la serie parece un anuncio de Martini).

También llamado Dick Whitman, Don Draper intenta saber quién es Don Draper durante las siete temporadas con las que cuenta la serie. Con un pasado muy triste, que le ha marcado profundamente su forma de ser, es un alto ejecutivo de éxito, situado en la cresta de la ola, justo en la flor de su vida. Desempeña el puesto de Director Creativo en una importante agencia publicitaria de Manhattan a comienzos de los años sesenta. Y además lo tiene todo: es guapo, elegante, encantador (con quien quiere), casado con mujer de anuncio, con buenos hijos, casa de ensueño, buen coche, un trabajo fascinante y, en definitiva, un estatus que más de uno habría querido tener en la época por la que transcurre la serie.

Pero el señor Draper, llamémosle Don en adelante (a estas alturas ya es amigo mío), por tener, también tiene un instinto autodestructivo que le lleva a tensar la cuerda más de una vez: es todo un mujeriego, un machista, un cínico, un mentiroso, un alcohólico y, en ocasiones, hasta un nihilista. Un instinto dañino y descontrolado contra el que tendrá que luchar durante toda la serie e intentar salir a flote. De hecho, como espectador, en mas de una ocasión te planteas si Don es un cobarde, un tonto o las dos cosas a la vez. «No lo hagas, Don», te dices una y otra vez.

Pese a ello, lo que hace interesante al personaje es su lado bueno, que lo tiene: no juzga y es generoso con la gente que le rodea. Ayuda a mucha gente de forma desinteresada. Trata bien a sus hijos, y, aunque no lo parezca, a su manera quiere a su mujer (primera y segunda). Pero ante todo es un creativo, una persona ingeniosa, todo un encantador de serpientes, y cuenta con la capacidad de salir de cualquier pozo por tenebroso que sea. Por muy grande que sea el golpe, Don se recupera y sale más fuerte.

Muchos podemos vernos reflejados en Don Draper en algún momento de nuestra vida pasada. Todos nos hemos visto alguna vez diciéndonos a nosotros mismos «no, no lo hagas». Aún por un instante. Hemos tocado fondo. Hemos guardado vergonzante secreto. Hemos bordeado o traspasado la frontera de lo legal. Hemos actuado de forma egoísta. Hemos ignorado a alguien. Hemos hecho daño a alguien. Hemos sido mala gente… pero hemos contado con esa mágica capacidad de adaptación con la que cuentan las personas y hemos salido adelante, y hemos corregido defectos, y hemos aprendido a ser mejor personas, y nos hemos dicho «así sí, muy bien».

Si aún no has visto la serie, tal vez, tras leerme, sientas la necesidad de saber quién es Don Draper.