«Era la noche de Navidad y en la casa no se oía ni el roer de un pequeño ratón que vivía tras el aparador del comedor. En ella tan sólo el tenue calor de una escasa vela intentaba dar luz a aquella desangelada habitación, donde un anciano hombre, de frente despejada, faz arrugada y manos temblorosas, leía el periódico del día anterior, que como todos los días se lo daba un vecino.
A su edad ya había vivido muchas Navidades y, mientras que otros las celebran con el ansia propia de quienes creen que no habrá otra Navidad, él había dejado de celebrarlas hacía muchos años atrás. Ya no tenía con quién. Le daba igual. Tan pronto hiciera el crucigrama de las últimas hojas, se iría a la cama. Tal vez con suerte, sería su último sueño y no abriría nunca más sus minúsculos ojos que tantas cosas habían visto de la vida».
El nombre de este anciano no es Ebenezer Scrooge y la historia no es «Cuento de Navidad». En realidad este anciano podría ser alguien a quien te has cruzado en el parque, en el mercado o en el médico. Como este anciano hay otros muchos que pasan en soledad estas fiestas de excesos y de amor efímero. Otros muchos que alguna vez tuvieron una Féliz Navidad, pero que hoy día tan sólo tienen ecos de un vago recuerdo por el que una vez sintieron ilusión en estas fechas. Y son legión. Pero no los vemos o no queremos verlos. Nos ciega la fantasía navideña de luz y espumillón.
En España hay 4,5 millones de hogares compuestos por una persona, lo que supone casi una cuarta parte del total de los hogares, 18.303.100 hogares (fuente INE). De estos hogares unipersonales, la mayor parte está formado por hombres y mujeres de más de 65 años. Muchos de ellos, son hombres y mujeres que se encuentran bien en sus casas (donde viven dignamente), que siguen siendo independientes (si bien siguen teniendo contacto con sus amigos y familiares) y además ayudan a los suyos cada día. Pero otros muchos de ellos no hablan con nadie, no hacen ruido, no molestan.
Desgraciadamente también hay otros muchos colectivos que atraviesan por dificultades (una enfermedad, la incertidumbre de no saber cuando te van a desahuciar, estar en paro…), que tampoco tienen ánimo de fiestas y que también quedan al margen del imaginario navideño colectivo. Dificultades todas ellas que se hacen aún más duras cuando se afrontan en soledad.
Si algo de bueno tiene la Navidad es que muchos tenemos la ocasión de hacer una parada de nuestras rutinas diarias, dejar de lado nuestro lado más egoísta (que todos tenemos por muy buenos que seamos) y de pensar en aquellos que no están en la misma situación que nosotros, siendo conscientes de que algún día nosotros podemos ser ese hombre anciano solitario, esa mujer que pide en la puerta de la Iglesia o el enfermo desahuciado de la 307.
Y si algo aún más bueno tiene la Navidad es que por estas fechas se llevan a cabo multitud de iniciativas benéficas por parte de gente desinteresada, con consciencia y voluntad de ayudar al necesitado. Gente que durante todo el año colabora en comedores sociales, en los bancos de alimentos, recogiendo y distribuyendo ropa, visitando a mayores a residencias o en domicilios, visitando enfermos a hospitales, llevando juguetes a niños…
Si esta Navidad te encuentras con una de esas muchas iniciativas, ya sea un telemaratón, la Gala de Inocente-Inocente, los voluntarios de banco de alimentos al salir del hipermercado, los voluntarios de la Iglesia de tu pueblo hucha en mano, lo que sea, colabora con ellos. Aporta tu granito de arena en mejorar nuestra sociedad. Hoy tal vez des una modesta ayuda, pero quién sabe, si algún día te unes a esos muchos que de forma altruista quieren un mundo, sino mejor, al menos digno.
Como despedida, y felicitación navideña a la par, os dejo un bonito video acerca de la ayuda desinteresada entre desconocidos:
Y Feliz Navidad a todos. Ho-ho -ho.
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