¿Cuando fue la última vez que…?

VUELVE A (1)

¿Cuándo fue la última vez que fuiste andando por la calle dando saltitos y batiendo los brazos por el aire? Seguro que ya no te acuerdas. Pero hubo una época en que lo hacías prácticamente a menudo. Para ir a cualquier lugar, más cercano o más lejano. Allá cuando no existían preocupaciones. Allá cuando cada saltito que dabas era la viva expresión de la alegría de tu alma. Y no como ahora, que a tus treinta y tantos te cuesta regalar sonrisas, porque hay que controlar las emociones, hay que dar la imagen de persona seria y ante todo hay que demostrar a los demás que tu eres una persona fría que no se deja pisar por nadie.

¿Cuándo fue la última vez que soplaste un molinillo de viento? Sí, de esos de papel de colores, clavado en un palo o en una pajilla de plástico. ¿Cuánto tiempo dedicaste a soplar y a disfrutar de su ligero movimiento? Seguro que ya no te acuerdas. Pero hubo una época en que todo lo que había a tu alrededor se paraba porque tu sólo tenías ojos para el pequeño tornado de color que giraba según el capricho de tus pulmones. Y en ese momento eras feliz. Y no como ahora, que a tus cuarenta y tantos no tienes tiempo de perder el tiempo. Eso es un lujo imposible para ti, profesional con abultada agenda, con una gran cantidad de compromisos contraídos, con un trabajo que te atrapa y con una familia que te absorbe.

¿Cuándo fue la última vez que te balanceaste en un columpio? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste la emoción de ver cómo tus pies tocaban el azul intenso del cielo? Seguro que ya no te acuerdas. Pero hubo una época en que te gustaba sentir mariposas en el estómago cuando hacías algo emocionante. Desde que aprendiste a darte tu mismo en el columpio, cada vez que llegabas al parque te ponías como meta llevar a tus pies al punto más alto del cielo. Y era una sensación que te pedía más y más. Y no como ahora, que a tus cincuenta y tantos sólo apuestas por lo seguro (de hecho, ya ni apuestas). Únicamente vives por preservar tu casa, tu familia, tu perro, tu trabajo. Tan sólo pides una vida ordenada. De las de sota, caballo y rey. Sin sorpresas, sin sobresaltos.

¿Cuándo fue la última vez que te sentiste como un niño? ¿Cuándo fue la última vez que expresaste tu felicidad de forma espontánea y directa? ¿Cuándo fue la última vez que jugaste tan sólo porque te apetecía? ¿Cuándo fue la última vez que tu cuerpo vibró de emoción? A todos se nos olvida que una vez fuimos niños, que una vez fuimos despreocupados, que una vez fuimos capaces de asombrarnos por las cosas más sencillas y que una vez fuimos capaces de emocionarnos simplemente jugando.

Hoy veo a mi hijo de cuatro años hacer todas esas cosas y, además de darme una envidia de morirme (nunca he creído en la falsedad de la envidia sana), en cierto modo añoro aquella feliz infancia que hace ya muchos años dejé atrás. No obstante, procuro tener presentes estas preguntas en mi día a día. Es importante no olvidar aquellos buenos hábitos de nuestra infancia que tan felices nos hicieron. Siempre debe haber hueco en nuestra agenda para hacer aquello que nos hace felices, aunque sea tan sólo por un rato. Despreocúpate de vez en cuando. Pierde el tiempo en contemplar las cosas bellas que te encuentras (piensa que puedes estar invirtiendo en tu felicidad).  Juega ya sea sólo o con amigos.

Y lo más importante, pasa todo el tiempo que puedas con los pequeños de la casa. Ellos tienen mucho, pero mucho que enseñarnos. Siendo como ellos, seremos mejores personas.

Nazarenos, Sol y Playa.

 playa semana santa

La Semana Santa es un periodo muy importante para España, tanto cultural como económicamente, tanto desde la vivencia personal de la Fe, como desde la vivencia, también personal, del ocio y el disfrute lúdico-festivo. Lo que hace unos siglos comenzó como la conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, hoy día sirve de importante estímulo para la economía de nuestro país, bien por las procesiones de elevado interés histórico, bien por el periodo vacacional que se disfruta prácticamente en todo el mundo, bien porque el tiempo invita a salir a la calle. Lo que me llama la atención es que paradójicamente la Semana Santa se ha tornando en Semana Laica.

Nuestro mayores nos han contado que en la Semana Santa de cuando eran jóvenes no se escuchaba la radio, no se veía la tele y en los cines solo se proyectaban películas de romanos (qué mal lo pasaría yo sin todo eso). Las procesiones eran el principal evento de sus ciudades en esa época y había que ir a ellas con la ropa de los domingos. Hoy día es raro ver alguna reposición de Ben-Hur o de Quo-Vadis entre tanto Sálvame Mujereshombresyrebonicosyviceversa; hoy nos encontramos a Paquirrín tomando un rebujito en el balcón mientras pasa ante él Nuestra Señora de la Esperanza de Triana; hoy nos encontramos procesiones por paseos marítimos de nuestros pueblos que son contempladas con curiosidad por turistas extranjeros provistos de bañador, gorro mejicano, gafas de sol y cremita protectora.

Hay quien se llena la boca acerca de la pérdida de los valores cristianos de la sociedad actual. Hay quien piensa que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Hay quien cree que todo el mundo debería tener sus mismas creencias y vivir la Fe de igual modo. Pero todos estos son menos. Cada vez menos. Porque lo que nuestra sociedad ha experimentado, casi sin enterarse, ha sido un importante cambio de paradigma, del que después de más de treinta años de libertad y democracia, con sus luces y sus sombras, podemos hacer lo que queramos con nuestras vidas, con nuestras ideas y con nuestro tiempo, siempre desde el respeto al otro, a sus diferencias, a sus creencias, a sus usos y costumbres.

La sociedad ha sido capaz de ubicar la Fe en el ámbito de lo personal. Y aún así muchas son las personas que viven su día a través de la Fe, la cual les aporta razón por la que vivir y les sirve como vía para alcanzar su felicidad. Y muchas de estas además contribuyen a que las personas de su entorno puedan vivir más dignamente, a través de su voluntariado, trabajo o donativos, todos ellos desinteresados.

Con el devenir del tiempo la humanidad ha avanzado más en tres siglos con la Ciencia que en cuarenta con la Fe, pero qué necesidad hay de desentenderse de ella. Aunque a mucho “progre-guay” le sale urticaria con tan sólo escuchar la palabra Fe, entendida como un conjunto de creencias, la Fe es otra vía más para buscar la mejor versión de nosotros mismos, siempre que no se profese una Fe intransigente y que busque la eliminación del distinto. Ya sea cristiana, budista, hinduista o jedi, la Fe es la excusa que nos ponemos nosotros mismos para escucharnos desde nuestro interior y así poder darle un sentido a nuestra vida. Por eso, incluso siendo laico, se tiene Fe.

Venga, va: ¿una carga de pensamiento positivo?

Prisas y más prisas. El mundo nos acelera. Todo cuanto nos rodea pasa rápido y sin apenas darnos cuenta nos dejamos engullir por una vorágine de acontecimientos que no podemos controlar, convirtiéndonos en meros espectadores de una vida que se nos escapa de las manos. Además nos han vendido desde pequeños la estúpida idea de que tenemos que superarnos contínuamente, que tenemos que ser más que los demás, que hay que fijarse metas ambiciosas para llegar a la más alta torre del más alto castillo, y una vez allí con todo el dinero del mundo y toda la fama, contemplar sin remordimiento alguno a cuantos seres insignificantes hemos dejado caer en el camino, para sentirnos los amos del mundo.

Ante este panorama alentador,  nos vemos abocados a pagar a desconocidos para que nos ayuden a solventar nuestras dudas, miedos, frustraciones o simplemente a dejar de creernos el centro del mundo para redirigir nuestra forma de entender la vida, nuestro entorno y nuestras relaciones. De hecho, a día de hoy, proliferan psicólogos, psiquiatras, conferenciantes, especialistas en coaching y gurús de diversa índole que intentan llenar nuestras vidas de armonía, motivación y pensamiento positivo.

Tal vez mis palabras no aporten nada nuevo, pero partiendo del principio de que la vida está llena de cosas malas, no quiero renunciar a las cosas buenas que tiene. Por que de verdad las tiene. Y es que no tenemos por qué cegarnos por el desaliento. No podemos ceder ante el desánimo. Tenemos que disfrutar de cada pequeño momento, de cada mínima satisfacción. Y sobretodo ser felices y buenas personas. Que así, de paso, también viviremos más.

Y para que os llevéis un buen sabor de boca, aquí dejo el “Hakuna Matata” del Rey León de Disney. A disfrutarlo!