Westworld: mi favorita en 2016.

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Hace unos días que disfruté la primera temporada de la serie de HBO “Westworld”, realizada con la buena factura propia de la casa, escrita por Jonathan Nolan, producida por J.J. Abrams, protagonizada por buenos y conocidos actores y que además nos trae una interesante historia de ciencia ficción que consigue que más de uno se plantee el hecho de que, en un futuro no muy lejano, una máquina podría llegar a adquirir conciencia por sí misma.

La idea no es nueva. De hecho la serie está basada en la película del mismo nombre (en su traducción al español, “Almas de Metal”) que en 1973 realizó Michael Crichton (sí, el de “Parque Jurásico”), que a su vez estaba basada en su propio libro. Y es que se ha escrito mucho sobre las posibilidades de la inteligencia artificial y también se ha rodado mucho tanto para cine como para televisión: los replicantes de “Blade Runner”, el ordenador HAL de “2001:una Odisea del Espacio”, el pequeño David de “Inteligencia Artificial”, la pequeña española “EVA”, los 7 cylons humanoides de “Battlestar Galactica”… todos ellos máquinas con alma que han llevado el peso de sus respectivas historias.

La idea de la máquina con alma a mí me impacta bastante desde el punto de vista de la razón, pero también desde la fe. Cuanto más conozco del cuerpo humano, más lo entiendo como una máquina compuesta de materia viva, movida por química e impulsos eléctricos, cuyo fin es asegurar su propia existencia.

Cuando en ocasiones me pongo existencial a consecuencia de las dudas que me asaltan con respecto al por qué de mi mortal existencia, acudo a los psicotrópicos, a la botella de Anís del Mono, y ya puesto, también a la fe, siempre obteniendo la misma simplona respuesta. La misma simplona respuesta que desde el comienzo de los tiempos, cultura tras cultura, ha logrado aplacar las dudas referentes a su existencia de otra mucha gente: nos ha creado un ser superior. Ya sea Dios, una sociedad alienígena avanzada que nos cría como ganado o simplemente que vivimos en “Matrix” (nene, ¿qué te has fumado?) y que no somos más que meros programas.

Aunque una plausible respuesta pudiera ser que el Universo en sí es consecuencia del libre albedrío y que no hay nada más detrás del misterio de la vida, los mortales preferimos creer en ese argumento mágico por nuestra autoafirmación, por no estar continuamente en la inseguridad. Por ello, ante toda idea impregnada de cierto misterio, el ser humano tiende a relacionarla con entes de inteligencia infinitamente superior a la nuestra. Desde la creación de la vida en La Tierra, pasando por la construcción de las pirámides, la finalidad de las pistas de Nazca, las piedras de Stonehenge, y acabando con la melena al viento de Trump o la “Salchipapa” de Letizia Sabater.

En “Westworld” contamos con creadores y creados. Se nos enseña cómo los creadores programan recuerdos de vivencias no vividas a los creados para que estos tengan las respuestas necesarias para acallar los vacíos de su propia existencia, para poder atender sus porqués respecto a la vida. Sufrimos con los creados ante cada reinicio del eterno bucle en el que viven cada día, abriendo los ojos por la mañana en su cama y cerrándolos en cualquier otra parte atónitos al sentir el desagradable desgarro de una bala rompiendo su cuerpo. Y expectantes durante toda la trama, asistimos al despertar de la conciencia en los creados, sabedores de que son creaciones de otros seres, aunque acaso ¿más inteligentes?

En definitiva, vemos como un tema recurrente de la Ciencia Ficción se nos presenta en un formato visual sumamente cuidado y con un relato que, además de enganchar al telespectador, trasciende a temas meramente metafísicos, sobretodo porque si bien hoy puede sonarnos a fantasía y entretenimiento, tal vez dentro de 50 años pueda sonarnos a realidad, y además de ver robots como elementos de cotidianidad, incluso sea posible que una inteligencia artificial replique nuestros pensamientos, nuestra alma, para el resto de la eternidad (sí, incluso la de Letizia Sabater).

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El mejor musical de todos los tiempos.

“El Mago de Oz” (1939), “Un día en Nueva York” (1949), “Siete novias para siete hermanos” (1954), “West Side Story” (1961), “My Fair Lady” (1964), “Mary Poppins” (1964), “Sonrisas y Lágrimas” (1965), “Cabaret” (1972), “Grease” (1978), “La Bella y la Bestia” (1991), “Moulin Rouge” (2001), “El otro lado de la cama” (2002), “Chicago” (2002), “El fantasma de la Ópera” (2004), “Mamma Mía” (2008), “Los Miserables” (2012)… ¿Qué tienen en común todas estas películas? Pues sí, seguro que lo has adivinado mi avezado lector: son musicales (y de los buenos).

El musical es un género que a muchas personas les tira para atrás por eso de tener que estar toda la película leyendo subtítulos (ya cuesta ponerse a leer cualquier cosa, para encima leer viendo una peli), o por eso de que los actores no hablan, lo cantan todo, hasta si van a ir al mercado a comprar pepinos (es un mu-si-cal… lo normal es que canten). Los musicales son como los videoclips, pero más largos, con muy buena música, mejor historia y aún mejor realización. Y es que se trata de un genero que me divierte, me emociona y del que siempre aprendo cosas (claro que algunas más útiles que otras).

Como a mucha gente de mi edad, mi afición al cine se fraguó en los años ochenta (década hortera, cutre y falta de medios que muchos, yo incluido, añoramos sin saber muy bien por qué). Si bien mis padres me llevaban al cine de vez en cuando, tuve la suerte de proveerme de muy buenas películas gracias a las cintas de VHS del videoclub de mi calle. Claro que también pude descubrir otras muy buenas películas gracias a las gratas sesiones de cine que ponían en televisión en lo que fue su edad dorada en España, allá cuando tan sólo teníamos dos canales: la primera cadena y la segunda (el UHF). Y es que gracias a Televisión Española, que este año cumple 60 años de vida, pude ampliar esa pequeña base de datos de películas que llevo alojada en mi cabeza.

El mejor musical de todos los tiempos llegó a mí de la mano de TVE en abril de 1988: “Cantando bajo la lluvia” (1952). Hasta esa fecha tan sólo había tenido ocasión de ver la maravillosa escena de baile, agua y paraguas, en la que un hombre de felicísimo aspecto cantaba calado bajo un aguacero, bien por otras películas, bien por programas de televisión, bien por una simpática y colorida versión que hizo Mayra Gómez Kemp en el “Sabadabadá” (1981-1984). Pero en aquella ocasión por fin pude verla entera y por ella es que desde entonces me aficioné al entretenido género del musical.

Claro, que por aquel entonces la ví con los ojos de un crío al que le gustaba mucho el cine. Fue con el paso de los años, cuando pude apreciarla tanto como para convertirla en una de mis películas de cabecera, por motivos tan interesantes como estos:

  • Por su colorido: rodada en mágico Technicolor, que a día de hoy continúa teniendo un enorme impacto sobre nuestra vista al contar con su magnífica gama de colores saturados.
  • Por sus excelentes números musicales: si el famoso número de “Singing in the rain” es bueno, aún es mejor el “The Broadway Melody” de la parte final, donde Gene Kelly comparte escena con una sensualísima Cyd Charisse (bella actriz de interminables piernas)  y que acaba con un cierre coral y colorido cuya realización haría escuela.
  • Por ser una película que habla de cine y que cuenta con un más que interesante argumento de fondo: la llegada del sonido al cine. En el año 1927 los hermanos Warner estrenan “El cantor de Jazz”, la primera película con sonido sincronizado. Ese gran avance tecnológico afectó de lleno a todos los estudios de Hollywood, que para continuar siendo rentables debían de subirse a ese carro, pero afectó aún más a las estrellas de sus películas. Muchos actores de cine mudo tuvieron que dejar de hacer cine bien porque no tenían un registro adecuado de voz, bien porque sus actuaciones quedaban sobreactuadas. Ya no bastaba una cara bonita. Los actores de las películas tendrían que saber actuar al menos tan bien como los de teatro y para ello, muchos tendrían que formarse, reciclarse, adaptarse a la evolución de los tiempos.
  • Por contar con un guión de encargo finamente hilado: el guión fue encargado por el productor de MGM Arthur Freed a dos guionistas con la intención de retomar antiguas canciones de musicales de los años 30. Los guionistas tuvieron que componer una historia en la que encajaran todas estas canciones. Y la verdad, es que tuvo un gran resultado. No todo el mundo es capaz de montar una buena película por encargo (que se lo pregunten a los guionistas de “Batman vs Superman”).
  • Por Arthur Freed: inició su carrera artística escribiendo canciones para espectáculos, pero llegó al cine de la mano de Louis Mayer, el jefe de MGM, quien lo puso de ayudante de producción de “El Mago de Oz”. Gracias al éxito de la película acabó como productor encargado del departamento de musicales del estudio, obteniendo los mejores musicales de los años 50 (edad dorada del género), siendo premiado con dos oscars y descubriendo grandes valores del cine musical como Vincente Minelli, Stanley Donen o Gene Kelly.
  • Por Gene Kelly: de joven iba para economista, pero tras el crack de 1929 no habían muchos sitios para trabajar como tal y simplemente tuvo que buscarse otra cosa. Gracias a que bailaba desde bien chico, pudo llegar a los escenarios de Broadway, donde lo conoció Arthur Freed quien lo contrató para trabajar en MGM. Si en el mítico estudio es donde hizo sus mejores papeles, es en “Cantando bajo la lluvia” donde su sonrisa se come la cámara y su baile hipnotiza, a la par que alegra el alma de quien lo ve. Y uno quiere ser él.
  • Y por la escena del baile bajo la lluvia: la mejor escena de un musical rodada jamás. ¿Sabías que esta canción no estaba incuida en el guión original y que cuando la incorporaron en un nuevo borrador iba a cantarla la actriz de la película?¿Sabías que la grabación de esta escena duro casi tres días? ¿Sabías que Gene Kelly la grabó con 39 grados de fiebre pese a estar empapado durante toda la grabación?

Así que ahí te dejo la mejor escena musical de todos los tiempos, para tí, para tu disfrute:

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Espero que si aun no has visto “Cantando bajo la lluvia”, lo hagas algún día. Que no sea porque no te he dado motivos.

 

La máquina inmóvil.

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Si cosas buenas tiene el verano para mí, de la cosa que más disfruto es la de poder devorar libros, sentado a la sombra, buscando el fresco (creeme, en Murcia lo hay) y gozando de las largas siestas de quienes me rodean.

Unos veranos me he centrado en grandes clásicos, otros en la Tierra Media, otros en tiempos de conquistadores, otros en tiempos de guerra, otros en inviernos que parecen no llegar nunca, otros entre amores y espías, otros entre vampiros sanguinolentos y asexuados, otros entre las reglas de la robótica y este verano, no sé por qué, ha tocado como tema de fondo el apasionante mundo de la Administración del Estado.

Por un lado me he leido la recopilación de “Artículos” de D. Mariano José de Larra, donde figura el excelente “Vuelva Usted mañana”. Por otro, “Miau” de D. Benito Pérez Galdós, novela muy entretenida y de ágil lectura. Ambos textos muy recomendables, tanto por entretenidos como por actuales, y eso pese a haber sido escrito el primer libro en 1833 (año en que murió el rey felón, Fernando VII) y el segundo en 1888 (época de la Restauración borbónica, Regencia de María Cristina). Tras su lectura, uno comprende lo poco que ha cambiado desde entonces la esencia de la Administración y, por ende, la propia España.

Y es que me ha llamado mucho la atención la escasa capacidad de cambio, el tremebundo inmovilismo, la minúscula voluntad de mejora del sistema administrativo español. Cómo puede ser que desde 1800 hasta la fecha, con la multitud de cambios de gobiernos sufridos, con los increibles logros técnicos y culturales conseguidos, con los grandes éxitos alcanzados por la sociedad civil de España, sus empresas (hoy más presentes en el mundo que nunca) y sus ciudadanos (actualmente los más formados de la historia de España), la Administración del Estado sigue manteniendo la misma lapidaria esencia: burocracia pesada, modelos de mil colores y trámites inacabables.

La Justicia es lenta, y por lenta ineficaz. Si inscribir un hijo en el Registro Civil puede llegar a ser toda una aventura, no quiero pensar en vivir en primera persona una demanda por vía civil. La Sanidad Pública registra grandes listas de espera y algunos de sus usuarios peregrinan entre hospitales como quien hace el Camino de Santiago, incluso hay pacientes que han tenido que empadronarse en una u otra ciudad para poder ser atendidos en uno u otro hospital. Realizar trámites ante la temida Hacienda, reclamar una multa de tráfico, pelear por el valor catastral de tu vivienda que sube y baja según el criterio de no sé quién… en cualquiera de los casos hay que armarse de paciencia, ponerse en manos de profesionales, documentarse todo lo posible y ante todo dar con un funcionario de buen espíritu que te haga el favor del siglo.

Sí, el favor del siglo. Por suerte hay buenos funcionarios, que conocedores de la torpeza del sistema administravo, ponen toda su buena voluntad en ayudar al administrado:  lo orientan (vaya a tal o cual sitio, a tal o cual hora y pregunte por fulano), lo trasgreden saltándose un paso (paso este legajo de papeles de la parte baja del montón a la parte alta) o hacen la vista gorda (no le digas nada a nadie, pero yo pongo esto en el ordenador y ya está, que si no no acabas nunca). Eso es lo que llamo el favor del siglo. Cuando te lo hacen sales llorando de la emoción, conmovido por tanta bondad y embriagado por tal golpe de suerte. ¡Madre mía, he acabado este trámite después de 2 meses!

En los últimos años diferentes administraciones del Estado se han venido modernizando y adaptándose a los tiempos, luchando contra ese inmovilismo que inunda todo el sistema. Nunca fue tan fácil presentar la declaración de la renta como lo es ahora mediante la aprobación/modificación del borrador on-line.También se puede obtener de forma sencilla una vida laboral. Pedir cita on-line para tramitar tu DNI o un pasaporte, e incluso para acudir a tu médico de cabecera, te evita perder la mañana haciendo cola.

Pero no todas las administraciones han digitalizado y/o simplificado trámites. Algunas, plenamente conscientes del lastre que supone para la sociedad esa pesada losa de la burocracia, llevan años buscando la forma de hacerlo, aunque sin llegar a ningún lado. Otras ni han comenzado con ello al estar inmersas en problemas que ni le van ni le vienen a los ciudadanos, o simplemente, ni se lo han planteado. Así que todavía queda mucho por hacer para dar con una Administración que, cercana al ciudadano, sea justa, ágil, transparente y eficaz.

Claro que para cambiar el sistema, el cambio ha de ser impulsado por la clase política, la cual, si a día de hoy es incapaz de llegar a un simple acuerdo para gobernar un país que lleva más de un año con un gobierno de interinidad y está falto de acometer una gran serie de reformas, dificilmente podrá cambiar nada.

Pero concluyendo en positivo: si 216 años después de que D. Mariano José de Larra y D. Benito Pérez Galdós escribieran sus relatos, pese al escaso cambio experimentado por la Administración del Estado y pese al continuo conflicto de quienes nos han gobernado, España es la 12ª economía del mundo (según el FMI), qué podría llegar a ser España si afinamos toda su maquinaria.

P.D.- El verano que viene desempolvaré mis álbunes de Makinavaja. Al menos, risas aseguradas.

 

Mirando esta foto siempre me acuerdo de tí.

Todos tenemos fotos que miramos y remiramos porque siempre nos evocan buenos recuerdos, siempre nos llenan el alma de luz, siempre nos traen una plácida sensación de calma. Y eso a pesar de que algunas, tras mirarlas en un primer momento, pueden llegar a dejarnos un amargo regusto en nuestras bocas e incluso hasta una angustiosa presión sobre nuestros corazones, pues en ellas figura algún ser querido que ya no está.

Entre miles y miles de fotos en mi haber, tengo unas cuantas a las que me gusta mirar y remirar. Pero hay una en especial que me gusta mirar y remirar desde bien pequeño. Forma parte del modesto álbum de fotos de rojas tapas y amarillentas hojas de la boda de mis padres. Lo hizo un fotógrafo de mi pueblo (“Alberto el fotógrafo”, insigne personaje que forma parte de la memoria colectiva local), allá cuando los álbumes de fotos tan sólo eran libros en los que se pegaban fotos con pegamento Imedio y lo único digital que tenían eran las huellas de quienes pasábamos sus hojas.

A mi hermano y a mí nos hacía muchísima gracia ver las “viejunas” pintas setenteras de todos nuestros familiares. Aún nos hizo más gracia cuando descubrimos que mi abuelo Pedro ya utilizaba por entonces su mítica corbata para eventos tipo “BBC”, a la que tanto provecho sacó durante décadas. Pero pasado un tiempo, esa gracia un tanto simplona se esfumó, a consecuencia del normal proceso de maduración de un par de críos por el cual, llegado el momento, tuvieron que enfrentarse al triste e inevitable hecho de que todas las personas a las que queremos, antes o después, se van.

No obstante, pese al pasar de los años y pese a la marcha de los seres queridos que en ella aparecen, esta foto nunca me ha transmitido sentimientos de pesar, sino que me ha dejado una alegre sensación, y por ello siempre la he tenido a mano. Siempre me ha gustado verla porque, además de ser un interesante documento costumbrista de la sociedad española del 77, retrata un emotivo momento de mi familia y, solo por ello, a mí me evoca sentimientos muy positivos: alegría, cariño y amor.

Dicen que cuando perdemos seres queridos, con el tiempo (ese gran sanador de almas), tendemos a enviar a un segundo plano los recuerdos tristes para traernos a un primer plano los recuerdos alegres que compartimos con ellos. Tal vez esa sea la razón por la que me gusta ver fotos de tiempos ya pasados.

Esta foto siempre la tengo a mano. Procuro tenerla a mano para verla cuando quiera (en mi ordenador, en mi móvil o incluso en aquel cuarteado álbum rojo). Sé que mirando y remirando esta foto, sólo ante ella, me acerco a aquellos a quienes quiero, porque sonrío viendo sus caras, porque me imagino lo que estarían pensando en ese determinado momento, porque he tenido el privilegio de haber pasado por sus vidas y de aprender de todos ellos y sobretodo porque con su recuerdo los mantengo vivos.

De hecho, tanto me gusta esta foto que lo primero que hice cuando aprendí a trastear Photoshop fue escanearla y restaurarla, con mucho mimo y detalle. Aunque algunos al verla pensaréis que la foto sigue siendo “viejuna”, lo cierto es que yo quedé muy satisfecho con su resultado, principalmente porque recuperé color y eliminé daños. Y aunque dediqué muchas horas a ella, el esfuerzo mereció la pena, pues hice esta foto más duradera, y con ello, que el recuerdo de aquellos a los que quiero siga vivo en mí durante mucho, mucho tiempo.

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Iglesia de San Antolín, Murcia. 18-03-1977.

Mis llaves, el karma y mi boca de tres metros.

Mis llaves, el karma y mi boca de tres metros.

“Cada uno recoge lo que siembra”, “quien siembra vientos, recoge tempestades” o “dame pan y dime tonto”. Con estos tres refranes se resume mi último fin de semana. Tres estupendas frases que nuestro refranero español las usa para decir lo mismo que hinduistas y “compi-yoguis” cuando hablan del karma: cada uno recibe lo que por su acción merece. Y es que el mal karma vino a mí por hacer uso de mi boca de tres metros:

La situación: papá tiene planificada toda la tarde en su cabeza y por eso está detrás de mamá e hijo desde primera hora de la tarde del viernes para ir al parque, a que hijo juegue, y después ir a casa de los abuelos, a ver en la tele el partido de fútbol de La Roja, que es a las 21:00 horas, y de paso cenar. Tras varios intentos papá por fin lo consigue y, al salir (las 19:30 horas), a mamá se le cierra su coche con… su bolso, su móvil, su dinero, su documentación y… ¡las llaves del coche!

La reacción: papá, conocedor de que no hay disponible una copia de la llave del coche de mamá, haciendo gala de su sangre fría, temple, conocimiento, capacidad de colaboración, madurez, saber estar, suelta un: “mecagüenlaostia, ¿pero cómo has estado? Claro, como estás en lo que no tienes que estar… ¿y ahora que? ¿a ver cómo abrimos el coche? ¡Y encima me voy a perder el partido!”. Mamá que siempre habla, hoy calla y toma aire. Hijo quiere un zumo.

La solución: mamá, ante tal speech motivacional de papá, tira de contactos y se trae a Nayim (las 20:00 horas), experimentado mecánico, que con tan sólo una cuerda y un nudo corredero es capaz de abrir la puerta al cabo de tres intentos, ante la atónita mirada de cuñados, vecinos y transeúntes varios. Papá paga a Nayim 20 € agradecido de poder tomar rumbo a casa de los abuelos a las 20:30 horas, a tiempo de ver el partido. Papá respira felicidad. Mamá calla. Hijo quiere hacer pipi después de tanto zumo.

Una de buen karma: tras una buena cena, un triunfo de la Selección Española y una buena noche, papá comienza el sábado saliendo a correr, contento, ante un amanecer despejado. Con ánimo alegre, a papá se le encomienda el importante reto de pasar la mañana en compañía de hijo y sobrinas. Actividad, paseo, risas y fantas. Los pequeños encantados. Buena comida con abuela. Café con cuñados. Tarde tranquila. Parque con críos. Cena tranquila. Copa en casa con mujer. Apenas está acabando el día. Qué redondo.

Una de mal karma: qué redondo… ¡y un copón! A la hora de acostarse papá busca sus llaves para cerrar la puerta y no aparecen. Por suerte están las de mamá. Pero ya aparecerán. No será posible que después de la que le armó ayer papá a mamá, ahora papá sea quien ha perdido sus llaves de casa, que además van en el mismo llavero que las del coche, de las que además no hay copia. Nooooo. Síííííí. Papá despierta sobresaltado a las 06:00 horas del domingo. A la mente le ha venido que es probable que las llaves de papá se quedaran en el techo del coche de mamá al colocar a hijo en su silla. Así que papá sale con la fresca a desandar lo andado el día anterior, pero las llaves no aparecen. Visita los sitios en los que estuvo el sábado y no aparecen. Mamá calla. Hijo quiere churros, que es domingo.

Marchando dos tazas de mal karma: papá se siente mal durante todo el domingo. Está preocupado por la pérdida de las llaves. Si caen en malas manos, la casa no queda segura. Lo mismo con el coche, además de tener que pensar en la forma de abrirlo o moverlo. Como sabe que actuó mal con mamá el viernes, pues siente vergüenza por la pérdida de llaves. Sale a mediodía a buscar llaves, tampoco. Sale por la tarde a buscar llaves, tampoco. Mamá calla. Hijo pregunta por uno que sale con coleta por la tele. Papá no duerme nada en toda la noche.

No hay dos sin tres: llegada la mañana del lunes y ante tan negra perspectiva, toca visita del cerrajero y de la asistencia en viaje del seguro del coche. Llaves nuevas en casa y visita del coche al taller para ponerle nueva llave (y una copia). Y claro, ya que va al taller, pues toca la revisión, pues habrá que hacerla. Coste de toda la fiesta 300 € (frente a los 20 € de la fiesta de las llaves de mamá, dan ganas de llorar). Mamá habla: “te está muy bien, eso por hablar”. Papá calla. Hijo dice “papá, mira mi churra”.

Conclusión: tirando de refranero puedo acabar con un “en boca cerrada no entran moscas” o con un “donde las dan las toman”, o como aquel anuncio de El Corte Inglés de “te lo mereces y lo sabes”.

Epílogo: gracias a su estimada @nmarquezmartin, a su NATALIAMARQUEZBLOG y a sus compañeros de trabajo, papá ha descubierto  los maravillosos buscadores de llaves TILE (@TheTileApp), y ha comprado uno para él y otro para mamá. A ver si esto ayuda a evitar problemas con las llaves. La pena es que para la boca de tres metros, gadgets no hay.

Gracias a todos esos seres mágicos.

Gracias a todos

Más allá de los muros de Howards, una vez que se ha dejado atrás la Ciudad Esmeralda del Mundo de Oz y salido de dentro del Laberinto, después de haber viajado a los lomos de un lanudo dragón de pelo blanco por los cielos del Reino de Fantasía, navegado con rumbo  fijo hacia el País de Nunca Jamás y pateado la amplia Tierra Media, se puede llegar a todo un maravilloso lugar donde abundan seres mágicos de todas formas y tamaños, capaces de apartar la oscuridad tan sólo con la luz que emana del interior de sus almas.

Yo he estado ahí. De hecho, lo frecuento con asiduidad. Llámame chalado, “pillaodelavida” e incluso piensa que consumo alguna sustancia extraña de efectos psicotrópicos. Estás en tu derecho. Pero a mí me da igual. Me gusta visitar ese mundo, pese a quien le pese, me gusta ver a sus deliciosos personajes, como Alonso Quijano con sus gigantes, Alicia con su conejo blanco u Ofelia con su fauno.

En ese apasionante mundo hay reyes y reinas que te brindan su castillo y protección de por vida, con la única condición de que les muestres respeto y obediencia. Todas sus acciones son grandiosas, dignas de admiración y causan una impresión que quedará marcada a fuego en tu memoria. Te nombrarán príncipe o princesa y, lo más importante, te prepararán para que algún día tomes las riendas de su reino, sin escatimar en nada, ya tengan más o menos oro en las mazmorras de su castillo.

También hay príncipes azules y princesas de ensueño con las que encontrarse. Cuando menos lo esperas, en este reino mágico, en tan sólo un instante, puedes estar cantando con tus amigos, los pequeños animalitos del bosque, y pasar en otro instante a estar cantando una dulce canción cogido de la mano de tu verdadero amor. Y mucho cuidado, que si hay beso, eso ya es para toda la vida, seréis felices y comeréis perdices.

Duendes diminutos aparecen con frecuencia en este mundo. Son pequeños seres sonrientes, que transmiten energía tan rápido como la quitan, pero que en cualquier caso, siempre se hacen querer. Una vez das con un duende, este ya no se separará de ti. Que quieres dormir, pues te despierta. Que quieres cantar bellas canciones con tu verdadero amor, pues que no se va. Que quieres silencio para reflexionar, pues no para de hablar en “duendinés”.

Además, habitan magos y hadas que te hacen ser mejor cada día. Se preocupan por ti, te escuchan, te ayudan, te apoyan e intentan sacar todo lo mejor que llevas dentro: enseñándote nuevas habilidades que nunca hubieras imaginado poder desarrollar, poniendo a tu alcance ideas que nunca se te habían pasado por la cabeza, mostrándote ciencias que antaño hubieras considerado como propias de encantamientos, inspirándote para que de algún modo tu también puedas ser un ser extraordinario, al menos, casi como ellos.

Pero este mundo maravilloso también alberga oscuridad. Hay troles, gobblins, ogros, brujas, hechiceros, espíritus malignos, monstruos, seres de la noche. Siempre vagan por lugares tenebrosos y siempre están acechando a los seres buenos, para robarles la luz de su alma, apoderarse de su alegría, borrarles su ilusión, quitarles su razón de vivir. Y a mí no me dan miedo. Siempre que los veo les hago frente. Con mayor o menor fortuna, con mayor o menor acierto. Y es que gracias a todos esos seres mágicos que conozco, y gracias a todo lo que he aprendido de ellos, siempre estoy dispuesto a plantarme ante la oscuridad y combatirla. Que no me quiten mi luz. 

A lo mejor, sin saberlo, también tu has estado en este mundo mágico alguna que otra vez. Que tampoco a ti, te quiten tu luz.

Sí, he atendido a la llamada, ¿qué pasa?

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Ringggg… Ringggg… Hola buenas tardes, ¿es usted el titular de la la línea? Soy Wilfredo Rodríguez de Jazzstar y le llamo para ofrecerle nuestro nuevo plan Chupi-Chachi-24 que integra fijo, móvil, televisión e internet? – Eso fue lo primero que escuché al llevarme al oído el auricular del teléfono de casa, la otra noche a las 21:00 horas. Con una gata hiperactiva explorando el interior de mi armario, con una mujer indignada por mi hacer (o no hacer) susurrándome al oído a más de 90 dB(A) desde la otra parte de la casa, con un niño pequeño jugueteando con su churra en su momento del pis de antes de ir a la cama… sí, tuve la santa pachorra de atender el teléfono, pese a no conocer el número entrante (toda una osadía), y responder un “Pues va a ser que no. Buenas noches”. Qué huevos los míos.

El teléfono, el timbre de la puerta, las alertas de tus programas de mensajería, están ahí para que el mundo se pare, para que dejes de atender todo cuanto estas haciendo y para que des prioridad máxima a esa importante información que otro quiere compartir contigo. Claro, que te entiendo, probablemente no hay cosa más urgente que, nada más ver parpadear la luz de tu móvil, abrir tu WhatsApp y descubrir la belleza del último meme de Mariano Rajoy, un dibujo hortera lleno de corazones celebrando lo bonita que es la amistad o un zinguango de color con sus atributos al aire felicitándote la Navidad.

Ojo, que lo hacemos todos. “Semos asínnnn“. Y es para hacérnoslo mirar. Qué facilidad para aparcar las tareas que tenemos que hacer, la entretenida película que estamos viendo, el paisaje que estamos contemplando, el momentazo familiar que estamos disfrutando o simplemente la agradable conversación que estamos manteniendo. Si se enciende la luz del móvil o si suena el teléfono, lo primero es parar el mundo.

Claro que en ocasiones, una llamada puede encaminar tu vida.

Erase una vez que un amigo mío (tranquilo David que tu identidad está salvaguardada), se encerraba en su casa en plena época de exámenes, buscando la concentración con la que poder dar cabida en su cabeza a montañas de apuntes y pesados libros. Tanto tiempo pasaba encerrado en casa, que de vez en cuando se permitía bajar la guardia para poder entretenerse con los ruidos de la calle, con la corriente de aire causada por el aleteo de una mosca o con… el CANAL +.

Una de esas mañanas de estudio mi amigo se hallaba sólo en casa. Tras un buen rato dándole a los libros, pasó por delante de la tele y sintió la imperiosa necesidad de encenderla, simplemente por curiosidad, y así encontrar la excusa para hacer un descanso. Así que la encendió y puso el CANAL +. Y allí estaban: Perdita Durango (Rosie Pérez) y Romeo Dolorosa (Javier Bardem) en plena escena de sexo burro.

Perdita Durango (1997, Alex de La Iglesia) aunque entretenida, como película no es la mejor del mundo, Rosie Pérez como mujer bandera tampoco, y Javier Bardem… vamos que no era su tipo, por mucha melena negra al viento, mucho bigote varonil de dos palmos y mucho torso musculado embadurnado en aceite. Con todos esos factores en juego, una vez pasada la escena de empuje, decidió esperarse a una segunda, y justo cuando comenzó una tercera…rinnnggg… alguien llamó a su puerta.

Con el ánimo encendido, mi amigo bajó de la primera planta con prisa para volver cuanto antes frente al televisor, y al abrir la puerta se encontró con dos mujeres que sonrientes le espetaron –¿Tiene unos minutos? ¿puedo hablarle del Reino de Jehová?-. Mi amigo les respondió que estaba muy ocupado estudiando y que sintiéndolo mucho no podía atenderlas. Cerró la puerta quedándose un poco acongojado, subió a la primera planta, apagó la tele y se puso a estudiar de inmediato ante el bajón que le había dado. ¿Acaso sería un llamada de la Providencia? No sé, no creo en esas cosas, pero porque atendió a la llamada, volvió al estudio y a los días aprobó su examen.

Así que, tu que me lees, te dejo unos puntos de vista de lo que puede llegar a suponer el atender a la llamada. Tu piensa lo que quieras. Yo por si acaso, tendré cerca el teléfono, no sea que suene, aparezca un número raro en su display, atienda la llamada y escuche la voz de Pablo Motos preguntando -¿Sabes lo que quiero?- Me da a mí que esta noche tal vez consiga el coche de “El Hormiguero“. Total , lo peor es que sea el de Jazzstar ofreciéndome su plan Chupi-Chachi-24. Como sea él, esta vez se va a enterar, que le soltaré con mi voz más grave mi temido “Pues va a ser que no. Buenas noches”.

Te dejo un vídeo llamado “Look Up” que os va a dar qué pensar: lookup