Las cosas pasan porque tienen que pasar.

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Cuando una mariposa mueve sus alas en un bosque de Birmania, un tornado se produce en Villafranca del Bierzo. Cuando un camello espanta moscas con su rabo a cien kilómetros de El Cairo, un payo gringo de Arkansas sufre un vahído. Cuando un mosquito tigre invade mi casa, me jode la noche. Teoría del caos del bueno.

Las cosas pasan porque tienen que pasar y ya está. Por mucho que nos empeñemos en buscar culpables, en buscar métodos mágicos, en leer libros de autoayuda, en creernos los responsables de nuestro destino, siempre pasa algo cuando menos te lo esperas: que te relajas, pues te la meten; que te acomodas, pues te fastidian; que vas en una nube, pues te mandan una borrasca. Con rayos. Con un huevo de rayos.

Algunos provocamos que nos pasen cosas. Cosas buenas y cosas malas. Por nuestros actos. Por lo que leemos. Por cómo socializamos. Por cómo nos expresamos. Somos auténticos zoquetes que nos empecinamos con cuanto se nos pone a tiro. Nos enseñan un trapo rojo y envestimos cual toro bravo en el ruedo. Pasamos la vida comprando boletos de lotería y un buen día nos toca el premio gordo y dos aproximaciones. Pero aún así, permíteme que insista, la gran mayoría de las cosas pasan porque tienen que pasar.

Porque nuestros actos vienen marcados por el entorno donde nos hemos criado. Porque nuestras ideas se forman de cuanto conocimiento hayamos tenido a nuestro alcance. Porque nuestras amistades influyen en las decisiones que tomamos. Porque la manera en la que hablamos o nos hablan es la base del cómo pensamos. Todo ellos son factores en los que podemos trabajar para mejorar nuestras vidas (y muchas veces con éxito), más en ocasiones se nos complican y de qué manera.

Pero la mariposa birmana volvió a aletear hace un par de días. Las moscas que espantó el camello fueron a incordiar a un mercader de ultramarinos del zoco. El mosquito tigre de mi habitación se ha convertido en mosquito dragón y jode aún más si cabe… Factores extraños, que se nos escapan de las manos. Que tal vez hayan supuesto un acontecimiento en mi vida. Factores estos últimos te hacen pensar en que las cosas pasan porque tienen que pasar.

¿Qué hacemos cuando una enfermedad llega a nuestra vida? ¿Qué hacemos cuando sufrimos un accidente? ¿Qué hacemos cuando un indeseable pasa por nuestra vida o por la de alguien a quien queremos? Puedo buscar culpables. Puedo recurrir a pensamientos mágicos e irracionales. Puedo abrazar la fe. Puedo acudir a un gurú. Puedo decir “me lo merezco”.

¿Qué hacemos cuando nos toca un premio? ¿Qué hacemos cuando conseguimos un buen puesto de trabajo? ¿Qué hacemos cuando conocemos al amor de nuestra vida? Puedo buscar colaboradores. Puedo recurrir a pensamientos claramente racionales. Puedo buscar la fé. Puedo acudir a Meetic. Puedo simplemente decir “me lo merezco”.

Yo quiero creer que uno es dueño de su vida. Quiero creer que el trabajo te lleva al destino que te has fijado. Pero las cosas extrañas pasan y acaban causando un impacto en tu vida: puedes perder la oportunidad de tu vida porque alguien golpeó tu coche y llegaste tarde a tu cita, o puedes dar con la oportunidad de tu vida porque alguien golpeó tu coche y acabó siendo tu pareja.

Ni azar, ni destino. Las cosas pasan porque tienen que pasar. ¿O no?

 

 

Propósitos y despropósitos para 2018.

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Mientras escribo estas líneas, apenas quedan cinco horas para que acabe 2017. Y claro, es el momento típico de recordar todo lo vivido durante estos 365 días y plantear nuevos retos con los que encarar 2018. Pues va a ser que no.

Querida personita que me lees, utiliza estas últimas horas del año para otras cosas más provechosas. Tendrás más éxito viendo un capítulo de esa nueva serie que te has descargado o acicalándote para la fiesta de Nochevieja, que haciendo propósito de dejar de fumar, adelgazar, salir a correr, aprender Inglés, etecé, etecé, etecé.

Muchos deseos los lanzamos al aire como escupimos cáscaras de pipas al comerlas. Y es precisamente porque los lanzamos al aire que los deseos se disuelven en él, de manera que los perdemos. No llegamos ni a intentar cumplirlos. Nos quedamos en el mero pensamiento. Y así no concretamos nada. En vez de propósitos de año nuevo, creamos despropósitos de año nuevo.

Muchas cosas suceden porque queremos que sucedan. Dedicamos mucho tiempo a pensarlas y a prepararlas, muchas veces de forma inconsciente e interrumpida. Nos pasan cosas que no nos gustan y queremos corregir, se nos ocurren ideas que descartamos por no creer en su valor, nos dan consejos que ignoramos por innecesarios. Pues todo lo que te pasa por tu vida, en mayor o menor medida, queda en tí, y tu cerebro las rumia sin que tu te des cuenta.

Alguien me contó una vez que un buen día se despertó, abrió los ojos, vió a quien dormía a su lado y en ese momento decidió que no quería seguir más junto a aquella persona. Cuando la otra persona abrió los ojos, le pidió terminar la relación. Aunque contado así no lo parezca, este hecho no fue una decisión caprichosa. Venía de mucho tiempo atrás. Lo había pensado mucho. Muchas cosas habían pasado hasta entonces con su pareja para que amaneciera con esa decisión.  Lo que pasó esa mañana, es que tras mucho tiempo dándole vueltas, por fin dedició dar paso a la acción.

Así que no. No lo hagas ahora. Es momento para otras cosas mejores. Pero cuando puedas, intenta sacar tiempo para escucharte a ti mismo y encontrar esos mensajes o ideas recurrentes que te vienen de vez en cuando, ¡que ya conoces! Intenta plasmarlas por escrito y dales forma. Si es posible cuéntale a a otras personas tus propósitos. Ya verás como estarás listo para empezar a cumplirlo e intentarlo. Y ante todo, no temas. Que luego te sale algún problema, pues nada, conforme venga se acepta, se busca solución y si no la hay pues a otra cosa.

Yo ya tengo mis propósitos listos para 2018, o casi. Uno es aumentar mi grado de cumplimiento con respecto a mi decálogo personal (lo tengo puesto en la pared de mi escritorio hace ya unos 4 años). Y el otro… aún estoy entre dos… pero en unos días mi consciencia me lo dirá y yo se lo diré a alguien.

Mis mejores deseos para ti y tus propósitos en este 2018 que comienza.

 

 

 

Fargo la serie: como la vida misma.

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Prejuicios y prejuicios. Siempre los malditos prejuicios. Porque uno es muy listo y lo sabe todo. Porque es muy fácil criticar cualquier cosa. Incluso sin conocer directamente lo que se critica. Primero hablas y después miras. Ala, a tirarse al pozo.

Corría el 2013 cuando me enteré que se estaba trabajando en una serie basada en la película Fargo (1996) de los hermanos Joel y Ethan Coen, y tirando de los dichosos prejuicios lo primero que me vino a la mente fue “¿realmente es necesario hacerla?”. Lo segundo fue un sarcástico “qué original”. Y lo tercero quedó en “¿la peli da como para hacer una serie?… “.

Ganas, lo que se dice ganas por ver la serie, no tenía muchas. Pero bueno, siempre me gustó el cine de los Cohen y me veía obligado a verla. Así que un buen y desocupado día de verano de 2014 me puse a ver el primer episodio. Cuando terminó, tras un martillazo del protagonista y un resoplido mío, tenía que ver el segundo. Y antes de acabar la semana ya me ví la primera temporada. Y qué equivocado estaba yo con esta serie: sí, la película da para hacer una serie de calidad y ¡muchas más temporadas!

De hecho, hasta la fecha ya van tres temporadas. Y cada cual más buena.

El creador de la serie es Noah Hawley (quédate con su nombre) y a él corresponde el éxito de la serie. Ha desarrollado unos sólidos guiones, con historias que te dejan reflexionando acerca de lo visto y con personajes que están llenos de cotidianidad. Y lo ha hecho bien. Sin prisa. Madurando cada temporada. Evitando ser preso del éxito. De hecho, de una temporada a otra se ha tardado más de un año y medio en estrenarse, porque la serie debía cumplir con sus estándares de calidad. Lo bueno se trabaja. Se trabaja mucho.

Del feo y provinciano ambiente de la película ha extraido una atmósfera cargada de marrones, grises y mucha, pero mucha nieve, cuyo blanco se ve roto en ocasiones por el rojo de la sangre. Tomando como escenario a los pequeños pueblos del medio rural de Minnesota y Dakota del Norte, donde cualquiera pensaría que nunca pasa nada, ha dado interés a historias de gentes con vidas sencillas a las que en un momento todo se les complica.

En la serie tenemos a tontos que se empoderan. Simples que se creen capaces de triunfar con ayuda de la maldad y el egoismo, pues qué coño, se merecen lo mejor. Infelices que se acaban estrellando en su intento de ser quien nunca fueron.

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Tenemos malos, con carné de malos, a los que se les coje cariño: un asesino a sueldo con su propio código ético, un nativo norteamericano miembro de un clan mafioso y un experto en el blanqueo de capitales violento y bulímico al que da mucho asco verlo comer.

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Y también tenemos buenos que llevan el peso de la historia y a los que, por cierto, se les pone todo cuesta arriba. Gente sencilla, íntegra y con valores, que a base de humildad, constancia e inteligencia lograrán llegar a buen puerto.

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¿Acaso no es como la vida misma? Pues no. Ni todo el mundo es tan malo, ni todo el mundo es tan bueno. Pero en cualquier caso, te invito a ver la serie. Pasarás muy buenos ratos y te ayudara a desconectar de tanta tontería que hay por el mundo.

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“Una historia real. Por respeto a los vivos se han cambiado los nombres de los protagonistas; por respeto a los muertos se ha contado todo tal y como ocurrió”.

 

 

 

 

 

¿Cuando fue la última vez que…?

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¿Cuándo fue la última vez que fuiste andando por la calle dando saltitos y batiendo los brazos por el aire? Seguro que ya no te acuerdas. Pero hubo una época en que lo hacías prácticamente a menudo. Para ir a cualquier lugar, más cercano o más lejano. Allá cuando no existían preocupaciones. Allá cuando cada saltito que dabas era la viva expresión de la alegría de tu alma. Y no como ahora, que a tus treinta y tantos te cuesta regalar sonrisas, porque hay que controlar las emociones, hay que dar la imagen de persona seria y ante todo hay que demostrar a los demás que tu eres una persona fría que no se deja pisar por nadie.

¿Cuándo fue la última vez que soplaste un molinillo de viento? Sí, de esos de papel de colores, clavado en un palo o en una pajilla de plástico. ¿Cuánto tiempo dedicaste a soplar y a disfrutar de su ligero movimiento? Seguro que ya no te acuerdas. Pero hubo una época en que todo lo que había a tu alrededor se paraba porque tu sólo tenías ojos para el pequeño tornado de color que giraba según el capricho de tus pulmones. Y en ese momento eras feliz. Y no como ahora, que a tus cuarenta y tantos no tienes tiempo de perder el tiempo. Eso es un lujo imposible para ti, profesional con abultada agenda, con una gran cantidad de compromisos contraídos, con un trabajo que te atrapa y con una familia que te absorbe.

¿Cuándo fue la última vez que te balanceaste en un columpio? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste la emoción de ver cómo tus pies tocaban el azul intenso del cielo? Seguro que ya no te acuerdas. Pero hubo una época en que te gustaba sentir mariposas en el estómago cuando hacías algo emocionante. Desde que aprendiste a darte tu mismo en el columpio, cada vez que llegabas al parque te ponías como meta llevar a tus pies al punto más alto del cielo. Y era una sensación que te pedía más y más. Y no como ahora, que a tus cincuenta y tantos sólo apuestas por lo seguro (de hecho, ya ni apuestas). Únicamente vives por preservar tu casa, tu familia, tu perro, tu trabajo. Tan sólo pides una vida ordenada. De las de sota, caballo y rey. Sin sorpresas, sin sobresaltos.

¿Cuándo fue la última vez que te sentiste como un niño? ¿Cuándo fue la última vez que expresaste tu felicidad de forma espontánea y directa? ¿Cuándo fue la última vez que jugaste tan sólo porque te apetecía? ¿Cuándo fue la última vez que tu cuerpo vibró de emoción? A todos se nos olvida que una vez fuimos niños, que una vez fuimos despreocupados, que una vez fuimos capaces de asombrarnos por las cosas más sencillas y que una vez fuimos capaces de emocionarnos simplemente jugando.

Hoy veo a mi hijo de cuatro años hacer todas esas cosas y, además de darme una envidia de morirme (nunca he creído en la falsedad de la envidia sana), en cierto modo añoro aquella feliz infancia que hace ya muchos años dejé atrás. No obstante, procuro tener presentes estas preguntas en mi día a día. Es importante no olvidar aquellos buenos hábitos de nuestra infancia que tan felices nos hicieron. Siempre debe haber hueco en nuestra agenda para hacer aquello que nos hace felices, aunque sea tan sólo por un rato. Despreocúpate de vez en cuando. Pierde el tiempo en contemplar las cosas bellas que te encuentras (piensa que puedes estar invirtiendo en tu felicidad).  Juega ya sea sólo o con amigos.

Y lo más importante, pasa todo el tiempo que puedas con los pequeños de la casa. Ellos tienen mucho, pero mucho que enseñarnos. Siendo como ellos, seremos mejores personas.

La última oveja del rebaño.

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El ser humano es gregario por  naturaleza. Siempre busca la pertenencia a un grupo para sentirse parte de algo y dar sentido a su vida. Y, a la vez, siempre busca a un líder que le resuelva su papeleta, ya sea espontáneamente, ya sea mediante sanguinarias luchas de poder, ya sea por la gracia de Dios, ya sea mediante colectivos asamblearios que a golpe de guitarra y buenas intenciones están tan de moda últimamente. Sí, gregario decía yo.

Nos creemos únicos, nos creemos irrepetibles, nos creemos dueños de nuestros destinos. Y no somos nada más que parte de la gran colectividad humana. Una colectividad que se cree la mejor especie del Universo. Y tampoco es nada ante un Universo cuya inmensidad la empequeñece a la mínima expresión. E insisto: somos gregarios.

Cuando se habla de una persona gregaria, se habla de una persona que sigue y cree a ciegas las ideas que no les son propias. Curioso es que, cuando se habla de un animal gregario, se habla de un animal que vive en rebaño o en manada. Si el ser humano es un animal más de este planeta, también podríamos decir que por su carácter gregario, el ser humano vive en rebaño.

Sin ánimo de creerme diferente al mundo, puesto que yo, al igual que tu, también soy gregario, muchas veces doy la impresión que mi mente está en otras cosas, y lo cierto es que siempre me ha gustado observar lo que pasa por mi alrededor, aunque sea de lo más simple o absurdo. Y de las cosas que más me gusta observar son los rebaños de ovejas. ¿Y sabes una cosa? Se comportan igual en sociedad que los seres humanos:

  • El pastor del rebaño es el líder indiscutible a quien seguir. Sin cuestionarlo, las ovejas van donde el pastor quiere, comen lo que el pastor quiere, descansan lo que el pastor quiere y viven hasta que el pastor quiere.
  • Los perros pastores son quienes, atendiendo directamente las instrucciones del líder indiscutible, sin cuestionarlo pastorean al rebaño, las guían por el camino recto, sin descanso y con tensión. Pero también les proporcionan seguridad, evitando los coches, evitando los predadores.
  • En la vanguardia del rebaño van las ovejas más valientes y dispuestas, aquellas que están en posesión de facultades plenas. Siempre ávidas de nuevas emociones y nuevos pastos. Siempre conscientes que, aún dentro del orden establecido por el pastor y los perros, hay una gran mayoría que las sigue. Tienen muchos followers.
  • Pegadas al pastor están las ovejas pelotas. Lo veneran. Su culto es un crisol de amor, ceguera, pasión, idolatría y miedo a perderlo. Ignorantes de que su destino está en las manos de su dios, lo rozan, le cantan, le hacen fiestas.
  • En el pelotón se encuentran la mayor parte de las ovejas. Se dejan llevar por el ritmo impuesto por el pastor, los perros y las ovejas de la vanguardia. Sus vidas se basan simplemente en vivir vagando de un lugar a otro, comiendo lo que les toque y aceptando lo que les venga.
  • También hay que hablar de las ovejas negras, aquellas que se salen de lo establecido. Aquellas a las que su propio rebaño deja de lado por tener una conducta inadecuada. Aquellas a las que los perros enseñan sus dientes mojados en espesas babas. Aquellas a las que el pastor les deja caer con toda su fuerza el peso de su cayada.
  • Y por último, en la retaguardia se encuentran las ovejas a las que todos ignoran. Las ovejas viejas y las impedidas. Las que otrora sirvieron en la vanguardia o bailaron las aguas al pastor, hoy son olvidadas y caídas en desgracia, quedando condenadas a yacer en una cuneta, o incluso en mitad del camino, en el caso de que el cansancio se torne en muerte al ser incapaces de seguir el ritmo del rebaño.

En definitiva y resumiendo: que la vida es cosa sencilla y que estamos hechos unos borregos. Así que “opá, via’hasé un corrá”.

PD.- Carmen Sevilla, te dedico este post.

Nota: el autor de este post no pretende herir la sensibilidad de ningún colectivo humano o de otra especie con sus palabras. Asimismo tampoco pretende menoscabar los derechos de las ovejas de la tercera edad, de las ovejas con discapacidad, o de las ovejas en riesgo de exclusión. 

 

Este verano tocaba nadar.

Puerto de Mazarrón (Murcia)

Nadar. Este verano tocaba nadar. Tocaba “no hacer nada”.

Únicamente me apetecía tumbarme en la playa bajo una sombrilla, contemplar cómo los barcos de vela se paseaban con calma por el horizonte, escuchar el rumor de las olas, saborear la sal que traía la fresca brisa marina y, dando paso al homínido de género masculino que llevo dentro, por qué no, rascarme plácidamente ciertas santas partes. No era pedir mucho.

Además, a la par de que holgazaneara y rascara, también esperaba sacar tiempo para leer. Tenía un par de lecturas preparadas para este verano en mi Kindle. Por un lado tenía a Pérez-Reverte contando batallitas y por otro lado a Julia Navarro con su dispara que me han matado (o algo así). Lecturas que iba a compaginar con unos cuantos comics de Marvel, otros de DC, y todo ello sin  dejar de lado mis redes sociales y diarios digitales de cabecera.

En definitiva, me veía viviendo unas vacaciones tranquilas, aderezadas con la cervecita o vermú de mediodía, con la siesta, con la vida contemplativa y con la mente en modo stand by. En un mundo idílico, este verano se anunciaba como toda una auténtica experiencia perruna. Iba a nadar y mucho.

Menos mal que comparto mi vida con una mujer inquieta (aunque aficionada a las buenas siestas) y con un pequeño que demanda entretenimiento (también aficionado a las buenas siestas). Y nadar, lo que yo digo nadar, con ellos iba a nadar poco.

Así que gracias a ellos, si bien no me he tumbado en la playa a ver pasar la vida, he chapoteado en el agua y construido efímeros castillos de arena con mi pequeño. He paseado por bonitos lugares cogido de la mano de mi hijo y disfrutado de su ininterrumpida conversación llena de “por quééés” y de “entonsses”. He compartido sonrisas y confidentes miradas con mi mujer. He viajado en un coche lleno de maletas, gps, buena música y risas. He disfrutado de la compañía de familiares y grandes amigos. He conocido lugares en los que no había estado nunca. He bebido y comido bien. Incluso he podido leer al menos uno de los dos libros, aprovechando la hora de la siesta de mis dos personas favoritas. Pero lo mejor, he disfrutado de ver feliz y relajada a mi mujer en sus vacaciones, que después de doce años juntos, nunca había tenido.

Así que nadar, lo que se dice nadar, he nadado poco. Pero firmaba por otras vacaciones tan buenas como estas.

San Sebastián (Guipúzcoa).

Un verano más. Un año más

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Un verano más. Un año más. Continuemos llenando nuestra mochila de vivencias, de pesares y de alegrías. Hoy es un cuatro de agosto en el que nuevamente me hago un año más viejo. Aunque con treinta y ocho años recién cumplidos es toda una osadía hablar de vejez. Dejémoslo en que solo es un decir.

Cumplidos los treinta y ocho años, pongo la mirada atrás, recorriendo el año de mis treinta y siete que dejo. Hago balance y puedo decir que ha sido bueno. De hecho, llevo encadenados un par de años que han sido muy buenos, llenos de novedades y alegrías. El detonante fue la llegada a mi vida del pequeño de la casa. Desde entonces mi familia respira feliz. Pese al ajetreo que supone el día a día (colegio, trabajo, gastos, bancos, impuestos, el no me llega…), en el ambiente se respira felicidad. Y eso es bueno. Se agradece.

Atrás quedan aquellos años oscuros y tristes de pérdidas de personas muy queridas a las que nunca olvidaré y por las que todos los días doy gracias por haberlas tenido en mi vida. Pérdidas todas ellas muy dolorosas que dejaron en simples lamentaciones otras desagradables situaciones personales por las que también atravesé junto con mi mujer. Años que no olvidaremos, pero sí que hemos superado. Con constancia, dejando el miedo al lado, abriendo la mente a nuevas posibilidades y, ante todo, entendiendo que todo pasa, y que las cosas buenas de la vida hay que propiciarlas y no esperar a que lleguen a nosotros, aunque parezca que todo esta en nuestra contra.

Hay quien dice que la suerte no existe. Que las cosas suceden porque las provocamos. El destino no existe. Vale con ellos. Pero en física, en matemáticas y también en la vida existe el azar. Y el azar en ocasiones parece que caprichosamente se ceba acercando desgracias a las personas, una detrás de otra.

Pongamos un ejemplo que seguro tu has conocido o vivido en primera persona: una persona se accidenta, durante su recuperación se vuelve a accidentar, cuando va a recuperarse a su hijo le ocurre un accidente en el parque, y cuando se va a curar le diagnostican una enfermedad grave, y después otra desgracia, y otra, y otra… buff… un no parar. ¿Ante un caso así que se hace? Pues no queda otra que digerir la situación, atravesar la tempestad sin bajar la guardia y sin caer en el desaliento, esperar a que amaine la tormenta. Tal vez vuelva la calma y entonces será cuando podamos llegar al destino que queríamos. Y una vez lleguemos a nuestro destino nos dedicaremos a preparar nuestro barco para afrontar todas las tormentas que el azar nos traiga.

En la vida todo se repite. Hoy estoy bien. Mañana yo qué se. Así que aprovecharé mis treinta y ocho años. Vamos a por los treinta y nueve. Y si viene una tormenta, tendré preparado mi barco.

 

De regalo el video de una vida resumida en minutos con el arte y la magia de Pixar y Michael Giacchino.